La Adquisición del Lenguaje



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Niños Sordos: La Adquisición del Lenguaje

La Adquisición del Lenguaje

Adquirir las estructuras del idioma en el marco de la evolución del niño no es, en modo alguno, una función aislada que se elabore, por cuenta propia, independientemente de otros progresos alcanzados. El idioma se aprende en bloque, dentro de un conjunto de adquisiciones que le son indisociables.

Para que el niño organice un lenguaje es necesario que se produzcan una serie de condiciones (con anterioridad ya hemos hecho mención de algunas de ellas):

Integridad de las estructuras anatómicas, pues el funcionamiento es indispensables para la adquisición espontanea del lenguaje:

  • Audición normal;
  • Que se elaboren ciertas área cerebrales corticales y formaciones subcorticales que intervienen en las asociaciones nerviosas;
  • Los órganos de la fonación deben ser aptos para realizar los movimientos necesarios para la emisión de la palabra.

Otras condiciones conciernen al idioma; el niño debe apropiarse de una serie de estructuras que, progresivamente, hará suyas. Vive sumergido en un lenguaje; su entorno le proporciona formas sonoras y verbales que representan para él un stock ilimitado de modelos.

También debe considerarse el estilo de comunicación –que se establece desde el nacimiento– entre el niño y los demás. Hemos escrito, al principio de este capítulo, que todas las vías perceptivas se movilizan para que se produzcan ciertas situaciones, un principio de dialogo que más tarde ira aumentando en significación y un acercamiento a través de este dialogo que se establece entre personas que hablan un idioma. Solo una parte de los mutuos intercambios con él bebe suceden por medio de las percepciones auditivas. Esto pone de relieve el hecho de que, básicamente, estos intercambios se apoyan sobre unas formas de comunicación que nada tienen que ver con las percepciones auditivas.

Expondremos rápidamente cuales son las etapas de la adquisición del lenguaje en el niño oyente y en que difieren, etapa por etapa, de las del niño sordo (nos remontamos, igualmente, a ciertas nociones que ya mencionamos en la tabla II). Intentaremos, asimismo, llegar a conclusiones sobre la actitud que conviene adoptar con respecto al niño que no oye.




Adquisición normal del Lenguaje:

Para juzgar los progresos del niño deben tenerse e cuenta dos vertientes: compresión del lenguaje y realización del mismo. Estos dos aspectos de la adquisición del lenguaje no suceden simultáneamente. El niño comprende un montón de cosas antes de poder nombrarlas.

  1. Durante las primeras semanas.

Emite gritos indiferenciados.

  1. Hacia el 2° mes, estos gritos se hacen diferenciados.

El grito casi siempre representa una reacción a una situación fisiológica: el niño grita porque tiene hambre, o sueño, o porque se siente sucio. La madre aprende a diferenciar estos gritos, que son como llamadas de necesidad, y así se establece un código entre ella y el niño. De este modo, el niño sabe que alguien recoge su llamada y que puede, o no, encontrar respuesta; el vínculo grito-respuesta, aceptado por el adulto, se refuerza y de esta forma se potencian estas actitudes establecidas entre él y el adulto para más óptima evolución.

  1. A partir del tercer o cuarto mes, el niño emite una jerga.

Un charloteo, produce sonidos, utiliza los órganos de la fonación. Emite todo tipo de sonidos posibles, aunque no representen nada en el lenguaje materno.

Todo el mundo sabe que un niño de 5 o 6 meses emite “ar, ar” o “ague, ague” u otros arrullos; el adulto manifiesta su contento frente a estas primeras producciones torpes de voz y, cuando se encuentra con el niño, repite los sonidos que él bebe emite y los mezcla con sus propios sonidos que utiliza para estimular al niño (se utiliza un número concreto, limitado, de sonidos, pero casi ilimitado de asociaciones). El adulto los adorna, introduce variantes, comentarios; por ejemplo: “ague, ague, ¡qué bonito es esto!, ar, ar ¡bravo!, tu eres mayor, tu sabes decir muchas cosas”…

Este juego-a-dos con los sonidos se desarrolla, por regla general, frente a frente, en un marco de sonrisas y risas y permitiendo que el niño fije su atención en el rostro familiar que le está hablando y en sus labios que se mueven.

El niño intenta, algunas veces, reproducir los movimientos labiales aun sin emitir sonido alguno.

¿Qué ocurre en los primeros diálogos?

  • Él bebe hace funcionar sus órganos fonatorios al azar.
  • Oye los sonidos que el mismo emite.
  • Oye también los sonidos que emite el adulto. Encuentra modelos conforme al stock de sonidos del idioma y, poco a poco, sus emisiones sonoras se aproximan a las del adulto, al tiempo que se inicia en imitaciones, experimentos, aproximaciones, tanteos.
  • El niño repite los sonidos que el mismo emite y los que oye a los demás: se imita a sí mismo y a los otros.
  • Establece asociaciones, vínculos, reforzados por la repetición entre los modelos sonoros que percibe y los esquemas motores necesarios para la realización de los sonidos. Es toda una red de asociaciones audiomotrices que poco a poco se organiza en las complejas estructuras del sistema nervioso central y que constituye, paulatinamente, un equipamiento memorial del que inmediatamente disponer para realizar todas las combinaciones posibles.
  1. Los laleos aparecen entre los seis y doce meses.

El niño repite, al azar en un principio, sonidos homófonos, como por ejemplo: dadada, papapa, bababa…, etc.

En estos momentos de charla con el adulto es cuando toman forma las primeras palabras; están parten de una serie de formas repetitivas:

El niño papapapa…

El adulto se sorprende y da relieve a esta cadena sonora sin significación al principio: “papá, papá, si ¡bravo!, el nene sabe decir papá, ¡qué grande eres!, papá…” el adulto separa lo que es significativo y proporciona al niño modelo verbal; de este modo el niño tomara conciencia de que esta cadena de silabas tiene un valor particular.

  1. La compresión.

Hacia el quinto o sexto mes, el niño empieza a comprender ciertas entonaciones en el discurso del adulto. No comprende todas las palabras, ni las frases que le dicen, pero reconocen muy bien ciertas expresiones reforzadas por la mímica o los gestos:

  • La reprimenda: ¡que malo eres! ¡esto no está bien! ¡no empieces de nuevo! ¡granuja!
  • La alabanza: ¡bravo! ¡eres estupendo! ¡que bebe más bueno!
  • Ciertas situaciones simples: ¡Dame! ¡mira, aquí está el biberón! ¡vamos de paseo!

El adulto que habla con el niño acentúa, espontáneamente, ciertas cualidades de la palabra; el ritmo y la melodía de la palabra son más acentuados que en otras ocasiones; estos elementos de la palabra que, a menudo refuerzan y subrayan el contenido del discurso, facilitan la compresión del niño y son indicios esenciales para él.

Poco a poco, se deducen ciertos elementos de estas breves frases, a menudo comprendidas por el niño, y que él ha aprendido y almacenado globalmente por medio de una entonación singular; el niño es capaz de reconocer estos elementos sonoros más acentuados y de este modo va a comprendiendo numerosos palabras mucho tiempo antes de poder pronunciarlas.

  1. Al principio.

Las primeras frases no son más que una yuxtaposición de dos o tres palabras sin la menor estructuración gramatical (nada parecido a nuestro programa gramatical):

Papi toto papa

A pu dato

Dodo pu

  1. El lenguaje se organiza progresivamente.

Paulatinamente se amplía el stock de palabras empleadas (al principio, nombres concretos, verbos de acción). Hacia los dos años y medio, el niño comienza a utilizar pronombres, artículos, preposiciones. A los tres años, es capaz de decir su nombre, nombrar los objetos más simples y reconocerlos sobre los grabados; utiliza el plural, formas verbales e interrogativos.

Su lenguaje se aproxima más y más al del adulto aun cuando persisten un cierto número de pequeñas imperfecciones en la articulación, en las formas gramaticales o con respecto al sentido de las palabras.

Paralelamente a su lenguaje oral, y a partir de los seis u ocho meses, el niño utiliza un lenguaje gestual y mímico: dice “no” con la cabeza; imita: bravo, adiós, cu-cu…; adopta una mímica adaptada cuando refunfuña y está descontento.

Sea cual sea la edad del niño, siempre existe un desfase en el tiempo que transcurre entre la comprensión y la utilización del lenguaje. Comprende más y mucho más deprisa, que no habla. Las extraordinarias posibilidades de comprensión del niño aparecen como la primera etapa de un circuito neurofisiológico que se puede esquematizar extremadamente, como por ejemplo, para la adquisición de una nueva palabra. Esta palabra se oye muchas veces, se asocia a un objeto que se designa, se memoriza, se evoca cuando se vislumbra de nuevo el objeto y se evoca en ausencia del mismo; esta evocación resulta muy rápida y espontánea, aun cuando el objeto no resulte todavía muy familiar al niño.




¿En que difiere la situación en el caso del niño sordo?

Todo sucede de igual forma hasta el laleo, los sonidos que emite el niño sordo son generalmente menos abundantes y variados; sin embargo, percibe “alguna cosa”; vibración, una vaga sensación unida al movimiento. No oye los comentarios que el adulto le dirige, pero si se fija en su rostro, en sus labios y en toda la mímica que acompaña la palabra; madre y niño pueden  experimentar la alegría, el descontento, la reprimenda. A pesar de todo, se establece una comunicación; todo lo que sucede en este primer dialogo es percibido por el niño aunque este no lo pueda asociar a las emisiones sonoras.

Si no se estimula la jerga del niño sordo, las emisiones de sonidos disminuirán e incluso, desaparecerán.

Esta observación debe acompañarse de una comprobación práctica: es muy difícil obtener emisiones sonoras de un niño sordo que reposa totalmente en el silencio, es decir, que ha cesado de parlotear. Si el diagnóstico de la sordera se ha realizado precozmente y por tanto, los padres han tomado conciencia a tiempo del problema, hay que volcar todo un interés de estímulo hacia el niño para hacer que los sonidos que emita y las asociaciones que sea capaz de hacer viendo la mímica y los movimientos labiales del adulto respondiendo a los sonidos que el mismo emite, progresen paulatinamente.

Desde la edad del laleo y de las primeras palabras, las actitudes del niño sordo fuera toda reeducación difieren profundamente de las del niño que oye. Pero nada es comparable; si el niño sordo no puede adquirir espontáneamente un lenguaje, si se debe pensar en términos de “educación” del mismo.

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